La cicatriz móvil

Desde que dedico la mayor parte del día a leer y escribir (actividades tan agradables que pido perdón mentalmente cada dos por tres al tótem de turno porque no concebía que la vida pudiera ser tan generosa), dispongo de más tiempo para atender a mis lectores, y los más avezados me han escrito para comunicarme la detección de algún que otro gazapo que se deslizó entre las páginas de mi novela La tierra de Dios. Tengo que decir que salvo excepciones, el contenido de los mensajes es comprensivo, atribuye el error a un lapsus (como así fue) y asegura que han disfrutado sin mayores problemas de la historia, los personajes y la recreación histórica; de lo cual me alegro mucho, y me alivia no sabéis de qué manera.
Como digo, mi tiempo ya no es un bien escaso, situación que es excepcional, como tan lúcidamente describe Javier Marías en esta entrevista. Ese tiempo es lo que me ha permitido encontrar esta página en la web de reseñas literarias de Anika entre Libros: una lista de gloriosos gazapos compilada por los lectores. Y allí recibe todo el mundo, merecidamente: contratapas que no tienen nada que ver con el interior, descoordinación temporal entre las distintas tramas, informaciones que saltan de un personaje a otro como por arte de magia. Dan Brown recibe, sobre todo, por su caprichoso uso de las vías de tren andorranas, siendo que éstas al parecer no existen. El gazapo que más me ha llamado la atención, por breve y por ser el autor Alejandro  Dumas, es uno relativo a la obra Los tres mosqueteros, que yo había seleccionado como una de las diez novelas que me llevaría a una isla desierta (y hoy me reafirmo en esa decisión).
Firmado por un tal Doctor Lecter, el gazapo reza así: “En la pagina 29, Rochefort tiene una cicatriz que le cruza la mejilla, en la 60 la tiene en la barbilla y en la 70 en la sien. “. ¡Es genial y fantástico! No esperaría yo menos de Dumas, escritor compulsivo, corredor del papel en blanco, devorador de hojas para quién revisar y revisar y revisar hasta la extenuación era no solamente un lujo que no podía permitirse, sino también la antítesis de toda su literatura flamígera y apasionante. Brindo por esa cicatriz bailarina y desvergonzada, que convierte a Rochefort en un ser aún más monstruoso: ¡un desfigurado posmoderno!Ahora mismo voy a poner el libro en mi pila de relecturas pendientes.
PS: Iba a poner encabezando la entrada una imagen del conde de Rochefort, pero he dado con este exuberante cartel (y cómo no ha de serlo, con la Milady de Lana Turner en primerísimo plano), y no me resisto a desearos un buen domingo con un guiño camp.