Rojo medieval

El historiador y medievalista Michel Pastoureau, por cuyas obras sentí hace tiempo un inexplicable y feliz flechazo, aborda en sus libros el significado de los colores, la simbología de los objetos y el origen de la heráldica. Uno de sus mayores méritos, a mi juicio, consiste en devolver la naturalidad a la historia medieval y en saber contar la pequeña historia de los grandes símbolos. En esta entrevista, que también está incluida en su Diccionario de los colores, habla del rojo medieval: de cómo la granza, el material que se utilizaba para teñir la lana, era el más resistente de los colorantes vegetales de la Edad Media, más que las bases hechas a partir de la gualda, la ortiga o el nogal.
Así, a partir de esta cotidiana realidad, Pastoureau nos cuenta que los trajes de fiesta de las campesinas solían ser de tonos rojizos por ese motivo. Dado que al casarse, las novias optaban por vestir sus mejores ropas, las novias medievales de origen humilde vestían bermejo, y los días de fiesta y celebración, de placer y de alegría, se asociaban también a ese color. La estampa de una boda abigarrada, dónde mana la bebida y hay comida abundante, terminó por asociar el rojo -con toda su carga mítica: el color del fuego y del sexo- con el desenfreno, con lo pecaminoso y lo que no era habitual ni permitido, y el rojo quedó excluido de los desposorios. También por esa razón, las mujeres de pelo rojo eran mal vistas o incluso tachadas de brujas. De la historia de los colores a la de las mentalidades: ése es el camino que Pastoureau tan hábilmente sabe recorrer.