Camelot

Camaalot, Camylot, Camulodunum… Bien sea en la breve mención que hizo Chrétien de Troyes en El caballero de la carreta de la corte del rey Arturo, o en la posterior labor hagiográfica que Geoffrey de Montmouth hizo a mayor gloria de los regum britanniae, enlazando la estirpe del rey Arturo con los monarcas ingleses de su tiempo, o en la versión de Thomas Malory de Le Morte d’Arthur, la brillante corte medieval del rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda sigue siendo un referente para describir un espacio mítico, de justicia y de paz. Se desconoce su localización exacta, como si la condición necesaria de los paraísos fuera la ignorancia de latitud y longitud, esas meticulosas cifras que definen una coordenada geográfica y como una mariposa, la clavan en el tablero. Quizá también por ser un paraíso, como en todas las leyendas sucede, Camelot fue pasto de los celos, la guerra y la venganza.
Me gusta que Camelot siga flotando en la indefinición en nuestro tiempo de GPS y demás siglas de tiempo y lugar, porque mi primer contacto con ese país de sueño fue también irreal, cinematográfico: recuerdo a Richard Harris, susurrando más que cantando “I Wonder What The King is Doing Tonight” en un decorado de cartón-piedra. Veremos cómo evoluciona el proyecto de Bryan Singer de realizar un remake del apasionante film Excalibur de John Boorman, alrededor de la figura del rey Arturo. Mientras tanto, seguiré canturreando “In short, there’s simply not / a more congenial spot / for happily-ever-aftering than here in Camelot“.