Diez novelas históricas para una isla desierta y cinco días de vacaciones (I)

Hace varios días prometía una lista de novelas históricas favoritas y el motivo de la tardanza en cumplir lo dicho es que elegir es una agonía: la vida no está hecha de cinco pedazos, ni tres finalistas, ni un puñado de escogidos. Es más bien un remolino confuso y desorganizado de letras, números y vísceras. Todas las lecturas que llevo a cuestas (las que me han gustado y las que no) se pelean por un lugar en el podio y el anti-podio, y así estamos: que os prometo diez títulos pero sólo en aras del manoseado imperativo categórico. De momento, allá van cinco. (Pero como me pierden las travesuras, me temo que en futuras entradas iré desviándome del camino marcado).

Barro y cenizas y Las ciudades carnales, de Zoé Oldenbourg. Leí la primera después de imaginar la historia de Aalis de Sainte-Noire, y me llevé una buena sorpresa al ver que la protagonista de la novela de Oldenbourg se llamaba Aalais y que también transcurría en la Champaña francesa. La verdad es que el norte de Francia en el siglo XII fue un territorio de apasionantes intrigas y por ende múltiples posibilidades narrativas. Teniendo en cuenta que el nombre de mi personaje salió de un censo de población real, no sé de qué me extrañaba: junto con Maria y Ermessenda, fue uno de los nombres más populares del siglo. Las ciudades carnales trata de la herejía cátara, y la recomiendo fervientemente. Oldenbourg posee la capacidad de convertir a sus personajes en seres humanos de carne y hueso, que se mueven por pasiones y ambiciones de lo más creíbles.

La judía de Toledo, de Lion Feuchtwanger. Un clásico de 1954 que sigue siendo una interpretación válida de lo que pudo haber sucedido entre Alfonso VIII, rey de Castilla, y la supuesta judía, la hermosa Raquel, que le hizo perder la cabeza y casi, casi, la corona. Quizá la narración no sea fiel a la verdad histórica, ¡pero qué bien contada está! También es una veraz estampa del rechazo que despertaban los judíos entre la nobleza castellana, que veía con muy malos ojos cómo dinero y poder fluían de sus manos a las de los recién llegados, que contaban con la protección del rey.

El viaje de la reina, de Ángeles de Irisarri. La gran dama de la novela histórica española ofrece una prodigiosa recreación del viaje de la reina Toda de Navarra desde Pamplona a Córdoba. Prodigiosa porque gracias a su dominio de las fuentes históricas, la autora convierte a Toda de un renglón en los pergaminos a una mujer valiente, emprendedora, temerosa de Dios y decidida a salir adelante para salvar la salud de su nieto Sancho. Con un original punto de comicidad cuando retrata el choque cultural entre moros y cristianos, es una deliciosa lectura.

Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, de Jesús Maeso de la Torre. Ambientada en el siglo IX, la recreación del personaje histórico de Al-Gazal conduce al lector de Bizancio a Sevilla y hasta Escandinavia, desde sus viajes como negociador secreto en nombre de Abderramán II hasta su expulsión del emirato de Córdoba. Es una fascinante inmersión en el mundo de Al-Andalus.

Los hijos del Grial, de Peter Berling. ¿Por dónde empezar? Los libros que componen esta saga son densos, ricos y exigentes, de esos que además de la isla desierta hacen falta un par de semanitas a tiempo completo para leer, digerir y disfrutar. Están todos los sospechosos habituales: templarios, conspiraciones, griales, herejías, protagonistas que superan grandes infortunios, reyes, obispos, Iglesia y batallas por la fe. En fin, Berling es uno de los responsables, en mi opinión, de la revitalización de la novela histórica junto con El nombre de la rosa, en cuya adaptación fílmica participó como actor. Tuve la suerte de coincidir con él en la Semana Negra de Gijón, dónde contaba a un público totalmente entregado que un día se sentó a escribir y empezó a fluir el argumento de su primera novela. ¡Pura genialidad!

2 Respuestas a “Diez novelas históricas para una isla desierta y cinco días de vacaciones (I)

  1. Soy fan de la saga grialesca de Peter Berling, aunque con matices. El primer volumen, ‘Los hijos del Grial’, soberbio, con personajes que atrapan (Vito de Viterbo, por ejemplo), pero empalidece ante la siguientes dos entregas: ‘Sangre de reyes’ y ‘La corona del mundo’, que son mis favoritos. La cosa empieza a desmandarse un poco con el cuatro volumen, ‘El cáliz negro’, que parecía dejar las cosas bien ligadas y cerradas, ¡pero no1 Apareció el quinto volumen, ‘El kilim de la princesa’, que aún tengo pendiente: me mira mal desde la estantería, como diciendo “a ver si me lees de una vez”, pero ahora mismo no me apetece leerlo (estoy con una novela de ciencia-ficción titulada ‘La velocidad de la oscuridad’, de Elizabeth Moon, sobre un futuro no muy lejano y el autismo visto desde el punto de vista… de un autista). Creo que encararé el último volumen grialesco quizá en verano. La verdad es que igual me zampo previamente los cuatro volumenes anteriores, que ya serían leídos por tercera vez, así que, nunca se sabe, jejeje.De los libros que citas, además, me quedo con ‘El nombre de la rosa’, la mejor (y con diferencia) novela de Umberto Eco. Y algún día le hincaré el diente a Zoe Oldenbourg. Pero es que no hay tiempoo, no, no hay tiempo para todo…Un saludo.

  2. Hola,Berling es el avispado contador de historias que supo captar la sed de novela histórica que asolaba al gran público. Es cierto que hay desigualdades entre los volúmenes, pero ¡quién pudiera emprender un proyecto así y quedar a su altura! En cuanto al semiólogo Eco, creo que sólo por las parrafadas en latín que se marcó en plena aventura detectivesca hay para erigirle un altar. Eso es valor torero y encima recompensado con la merecida invención de la etiqueta “best-séller de calidad”.Oldenbourg me gusta porque es psicológicamente veraz: sus personajes son del siglo XII y es respetuosa hasta la extenuación con la verdad histórica. Cuando tengas ganas de un viaje en el tiempo, al estilo de la muy camp “Timeline”, lánzate a por Zoe. Ya me dirás si te convence.Un saludo,Claudia

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