Batallas medievales

Ayer hablé de cómo se gesta una cubierta, y también avancé que estaba dando los últimos retoques a mi segunda novela. Por eso, la entrada de hoy intentará ser más corta: estoy dedicando todas las horas del reloj (y suplicándole eso de “no cantes las horas”) a pulir, cortar, reescribir, remozar y en general cualquier vocablo adecuado para describir la tarea de arremangarse y mirar con ojo crítico lo escrito hasta el momento.

Me hallo además en plena descripción de una batalla medieval, inspirada en las victorias cristianas de Cuenca (1177) y de las Navas de Tolosa (1212). En ambos casos, los ejércitos cristianos supieron sacar partido de las alianzas y presentar un frente más o menos unido, y esa ventaja les dió la victoria. Pero lo cierto es que en realidad la guerra medieval se basaba más bien en tácticas de desgaste y estrategias de asedio que en heroicas acciones militares. Los ejércitos eran caros de mantener y nadie quería un choque frontal: cuando se producía, era por accidente o emboscada. Francisco García-Fitz publicó una monografía titulada Guerra y relaciones políticas. Castilla y León y los musulmanes (siglos XI-XIII), que me ha resultado muy útil para documentarme. También es muy recomendable su libro sobre Las Navas de Tolosa.

Con esa mente fílmica que me pierde, tecleo sin poder (ni querer) evitar varias y muy distintas escenas: el discurso de Enrique V (vía Kenneth Branagh) a sus soldados antes de Agincourt, y la por supuesto la batalla; el asedio del abismo de Helm en Las dos torres; la batalla de Germania que abre Gladiator; las escenas del desembarco de Salvar al soldado Ryan, o cualquiera de Band of Brothers. Incluso le perdono a Sir Ridley que desperdiciara el potencial de El reino de los cielos, porque nadie como él rueda la acción en todas sus formas.

Así que os dejo, para devanarme los sesos pensando en estrategias, flancos y retaguardias. ¡Feliz regreso de Semana Santa!