Historia de una portada

Termina la Semana Santa, y eso quiere decir que yo también estoy poniendo punto final a la segunda novela de las aventuras de Aalis de Sainte-Noire, la protagonista de La dama y el león. Tengo muchas ganas de avanzaros detalles del libro, pero se me ocurrió que este fin de semana os contaría cómo se diseña y se aprueba una cubierta. En parte, para cambiar un poco de tema después de mis anteriores mensajes sobre películas históricas, y en parte porque hace relativamente poco que ya hemos cerrado la portada definitiva de la segunda novela.

Y como aún falta un poco hasta que no pueda colgarla (lo haré antes de la publicación del libro, eso sí), he pensado que vale la pena hablar de cubiertas, ya que son el envoltorio que acompaña el trabajo que hace el escritor. Por lo general el diseñador, ya sea un profesional free-lance o bien parte de un departamento de diseño editorial, recibe un briefing: es una forma un poco liada de decir informe, que es lo que quiere decir en inglés. En ese texto, siempre breve, se recogen todos los elementos que puedan dar pistas gráficas: si es novela histórica, en qué época transcurre y cuál es el esquema argumental; si es un ensayo, de qué trata y si el enfoque es clásico, contestatario, informativo o de otro tipo.

A partir de ahí juegan varios factores: si el libro se publica en una colección con un formato y diseño predeterminados (por ejemplo, título en caja alta y letra de palo) o bien abierto. Si el editor está dispuesto a poner color en la cubierta, o si prefiere jugar a blanco y negro porque resulta más económico. Si se escoge un diseño con color, habrá que vigilar el gramaje (espesor del papel) de la sobrecubierta, si la hay, pues a veces la impresión de determinados tonos requiere un papel más grueso. Igualmente, si es tapa dura o si es rústica con solapas, el formato del diseño será distinto, pues el lomo del libro también lo será. Si el editor ha decidido gastarse bastante dinero en la cubierta, quizá incluya stamping en las letras: eso quiere decir que tendrán un efecto relieve muy vistoso. (A mí particularmente siempre me gusta pasar los dedos por encima de esas cubiertas, como una especie de “diseño de impulso”, aunque eso no siempre conlleva que compre el libro, claro está).

Luego, el diseñador se pone manos a la obra y con todos esos elementos en juego, plantea una o varias versiones de la portada. Y como todas las actividades artísticas, a veces surgen ideas geniales (como las obras del divino David Pearson) o opciones menos afortunadas (de esas todos tenemos alguna en mente). En cualquier caso, para mí el diseñador de mis cubiertas siempre es esa persona que se ha pasado un tiempo determinado, ya sea más o menos, pensando en cómo presentar mi novela al público. Y sólo por eso, tiene mi agradecimiento.

Como véis, hay muchas elecciones, y algunas quedan en manos del editor y otras en las del autor. Generalmente, la propuesta final que se le presenta al autor para su aprobación o comentario ya ha pasado varios filtros, y no es necesario pedir excesivos cambios. En el caso de mi segunda novela, la imagen que ilustra la portada me gustó desde el primer día, pues es cálida, con colores vivos pero sin ser chillones, y el tipo de letra es el mismo que el que se utilizó en La dama y el león. Únicamente sugerí un cambio de color en la tinta de la tipografía, que mi editora aceptó encantada.

Para los que queráis hacer un ejercicio de comparación, os he colgado al principio del mensaje la versión de la portada de La dama y el león que se hizo para la edición especial de bolsillo en tapa dura. Echadle un vistazo y a ver si os gustan las diferencias que hay entre ésta y la edición trade que abre la columna derecha del blog. ¡Mañana, más!