Hora bruja

Casi sin darnos cuenta el día ha jugado al escondite con nosotros. Ocho, diez, doce horas se han hecho arena. Pienso en eso al acordarme del golpe breve, insospechado que recibió Natasha Richardson mientras aprendía a esquiar, y que de un dolor de cabeza pasó a ser un trauma encefálico, un coma y finalmente la muerte. Deja un viudo, Liam Neeson, y dos hijos adolescentes. ¿Valen la pena los minutos agotados en actividades que no nos inyectan pura vida en las venas? Pienso en eso al leer que Vanessa Redgrave, madre de Natasha y también actriz, se unirá a las filas de la siguiente película de Ridley Scott, que se empieza a rodar en Londres este mes de marzo. ¿Será cierto? ¿Se puede pasar del duelo de una hija a la filmación de una fantasía medieval? Y termino pensando que quizá sí, que tal vez lo mejor para la que fue una dulce Ginebra de Camelot es perderse en los bosques de Sherwood, sumergirse en una ficción lo más alejada posible de la terrible realidad.

Y es que la acción de la película de Ridley Scott transcurre también en ese siglo XII del que hablaba ayer, aunque no es Córdoba ni Toledo el escenario de su trama, sino la relectura de la leyenda de Robin Hood, cuando en Inglaterra reinaba Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León era prisionero de Leopoldo de Austria. ¿Podrá el viejo zorro de Blade Runner, Los duelistas, Alien y Gladiator darle la vuelta de tuerca al mito?

¿Después de Errol Flynn, de Kevin Costner y del olvidado Patrick Bergin; de Claude Rains, Basil Rathbone y el inolvidable Alan Rickman, incluso con la tinta fresca de una adaptación televisiva de la BBC, se puede redescubrir a Robin de Locksley? Me da la sensación de que después de probar suerte con la reinvención del género medieval en El reino de los cielos, ambiciosa pero fallida en muchos aspectos, a Sir Ridley le toca sacarse la espinita y hacer suya de una vez por todas la Edad Media, como lo hizo con la Roma antigua o con el futuro lluvioso con androides que sueñan con ovejas eléctricas. Rutger Hauer jamás volvió a estremecernos tanto como cuando murmuró: “Es hora de morir”. Pienso en los memento mori del Renacimiento. Pero, ¿es posible que necesitemos recordar que somos mortales?