Pasaba por aquí

Lo sé, lo sé. No es de recibo empezar con tres densos párrafos, dar la mano, hacer las presentaciones, y luego desaparecer sin más. En mi descargo diré que esto no es un cuaderno de bitácora (como diría Duchamp, “ceci n’est pas une pipe”) sino un diario virtual que no escribo en un cuaderno Moleskine porque me da en la nariz que las narraciones de mis aventuras no quedan a la altura de las de Bruce Chatwin, y bastante es teclear en el vacío como para además ser puntual, formal y comedida. Es decir, que bienvenidos de nuevo y a lo nuestro.
Dan para mucho cuatro días sin fichar. Para los afortunados neófitos no familiarizados con la vida laboral, “fichar” es el acto de ceder tu tiempo a un empleador a cambio de dinero. Así que “no fichar” equivale a disfrutar del día sin más imposiciones que las imprescindibles de la vida cotiana, a saber, comprar leche, el periódico y sacar la basura. Pero decíamos que dan para mucho, esos días sin intercambios. Dan para hacerse con algún libro del último Premio Nobel de literatura, Orhan Pamuk, y respirar hondo porque vale la pena. Dan para remordimientos, tras la moderna traición, para volver al abrazo cálido y comprensivo de los clásicos olvidados en la estantería fría, y darle vueltas a Montaigne y Rousseau y a todas las confesiones que han brotado antes que la propia. A mí que tanto me cuesta recordar las palabras exactas de los demás (quizá porque toda mi energía se emplea en recordar las frases perfectas que cruzan mi cerebro a toda velocidad, demasiado rápidas para capturarlas en página quieta), vuelve continuamente a mi cabeza una cita de María Zambrano, “toda confesión es la esperanza de recuperar un Paraíso perdido”, y me distraigo pensando en qué carajo de Paraíso quiero recuperar, si tuve alguno.
Y acaso sea que quiero volver a encadenarme a las letras del teclado, que ese es todo mi Paraíso. La mayúscula, como en el caso de todos los escritores, va en el “mi”, antes que en el paraíso. Cualquier emborronador de cuartillas que se precie y se conozca sabe bien que crea para tener el poder de crear. En mi caso, confieso que la felicidad absoluta me llega en el instante en que me olvido de todo lo que hay fuera del cuadrado blanco de la pantalla, y me rompo los sesos para poner juntas cuatro palabras y contar una historia. Como acabo de hacer ahora.
Recomendaciones para hoy: de vez en cuando, mirad a la cara de la gente con la que os cruzáis por la calle. Ya, ya. Pero probadlo.