¿Existe la suerte?

Es el título del nuevo libro de Nicholas Nassim Taleb, el brillante matemático que se adelantó a la llegada de la crisis con “El cisne negro“. (No confundir con la magnífica película sobre un barco pirata cuyo capitán, Tyrone Power, se paseaba por el Caribe insolentemente acompañado de Maureen O’Hara y el genial secundario Thomas Mitchell). En el libro de Taleb, la expresión hace referencia a la nula probabilidad de que existieran cisnes negros, hasta que se descubrió uno en Australia. Taleb ya avisó de que venían tiempos de cisnes negros, negrísimos. Me parece una bella imagen poética para describir lo improbable de un momento económico que nos tiene en vilo, pero cada vez más empuja a la lectura como refugio. En “¿Existe la suerte?” (Paidós, 2009) Taleb vuelve a regalarnos perlas de sabiduría matemática mezcladas con ironía à la House. Después de recordarnos el pasaje de “La Odisea” dónde Ulises escapa de los cantos de sirenas atado al mástil, tras haber repartido tapones de cera entre sus marineros, Taleb dice:

“La primera lección que extraigo de esta historia es que no hay que intentar ser Ulises. Es un personaje mitológico, y yo no lo soy. Él se ata al mástil; yo apenas alcanzo al rango de marinero con cera en las orejas”.

La tesis de Taleb es que caemos en las trampas del azar continuamente: tomamos decisiones basadas en datos aleatorios, sesgados y desvirtuados por lo que no es extraño que acabemos escarmentados. Sin embargo, a pesar de lo mucho que disfruto con su estilo acerado y mordaz, debo reconocerme de la vieja, viejísima escuela que convive cómodamente con las ráfagas de casualidad que azotan los acantilados de la vida. Yo no sé si hay que ser Ulises o aceptar la modesta condición de marinero de segunda, pero sí sé que hay demasiados Cíclopes sueltos. Entiendo, claro está, que haya quién tenga dificultades para asumir que cruzar la calle ya es todo un riesgo, y que quiera buscar siempre la protección y la seguridad de los pasos cebra. Pero al final, ni cebras ni cisnes negros nos van a salvar de los pasos del azar. Y yo aún diría más, como los Dupont: a veces, por suerte.